Sociedad

La costosa recuperación de las islas Georgias, la rendición sin combate y el preámbulo de la guerra de Malvinas

Islas Georgias
Una panorámica del Puerto Leith tomada por el teniente general Cedric Delves. El 25 de abril los británicos empezaron a intimar a la rendición, desplegando los hombres en derredor de la posición argentina y alistando los barcos para bombardearlo ("Across an Angry Sea: The SAS in the Falkands War", Cedric Delves, 2018)

“Nos van a matar a todos”.

Desde la playa, mientras observaba los aprestos británicos para la recuperación de las Georgias, el teniente de navío Guillermo Luna se permitió la desesperanza. Hacia veintidós días que aguardaba el momento en que el Reino Unido devolviera el golpe que los argentinos habían dado el 3 de abril, cuando lograron desalojar a los royal marines que defendían la isla. Aquella victoria, que ya aparecía lejanísima en el recuerdo de Luna, no había generado ni una pizca de alegría en los argentinos. Por alguna extraña razón, el oficial a cargo de la operación, el capitán de navío César Trombetta, decidió que una veintena de conscriptos y unos pocos oficiales fueran a ponerle el pecho a las balas para desalojar a los soldados de elite de la reina, sin “ablandarlos” con fuego naval ni obligarlos a rendirse.

“No debe aterrizar su helicóptero en esta base. Aquí hay personal militar cuya orden es defender esta base. Repito, por favor no use la fuerza, arreglemos esto pacíficamente”, advirtió y sugirió por radio a los militares argentinos el jefe de los marines, Keith Mills.

Trombetta desconoció la amenaza. La directiva de la Junta Militar para la operación en las Georgias era que no hubiera derramamiento de sangre enemiga porque eso complicaría la negociación de una administración compartida de las islas, un delirio propio de la irrealidad política que vivía la dictadura.

Entonces, con más cuidado por ajenos que por propios, Trombetta mandó a los conscriptos sin advertirles que los iban a atacar. “A lo sumo -mintió el capitán- se pueden encontrar con algún científico con un arma de caza”. Los científicos de Trombetta eran soldados profesionales entrenados y en lugar de carabinas para cazar tenían entre su armamento fusiles semiautomáticos, ametralladoras livianas, explosivos y cañones portátiles.

Islas Georgias
Prisioneros argentinos en Grytviken. En la reconquista británica de las Georgias, hubo tres muertos, once heridos y un helicóptero derribado en las fuerzas argentinas. Por el lado británico, uno de los marines fue herido en un brazo

En la segunda oleada de conscriptos, transportados en un helicóptero Puma del Ejército, los británicos abrieron fuego como habían prometido y mataron a Mario Almonacid y a Jorge Águila, dos chicos patagónicos que estaban haciendo el servicio militar obligatorio pese a que habían sido “observados” por el Servicio de Inteligencia Naval (SIN) por ser hijos de inmigrantes chilenos.

Minutos después murió el cabo Patricio Guanca, a bordo de la corbeta Guerrico, cuando su capitán, Carlos Alfonso, decidió entrar en la pequeña caleta de Grytviken para atraer el fuego británico y darle un respiro a la fracción argentina. Y lo logró, por muy poco los marines no hunden el buque.

El balance de la recuperación, con el tiempo y la relación de fuerza a favor, fue un desastre para los argentinos: tres muertos, once heridos, un helicóptero derribado y la corbeta Guerrico seriamente dañada. Por el lado británico, uno de los marines fue herido en un brazo.

El teniente Alfredo Astiz, que estaba en el teatro de operaciones con la misión de proteger a un grupo de chatarreros argentinos y que declinó por omisión ante Trombetta encabezar el desalojo, resumió así la situación a los obreros: “Eran buenos profesionales. Cometimos el error de subestimarlos y por eso perdieron la vida soldados argentinos. Hoy estamos de duelo”.

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Grytvijen, una estación ballenera abandonada ubicada en la costa noreste de la isla Georgia del Sur, vista desde la embarcación británica

La despedida duró poco. Una vez tomado el control de la isla, el comando de la Armada evacuó inmediatamente a los muertos y a los heridos, junto con los marines y los científicos del British Antarctic Survey, hacia el continente.

En Grytviken, la sede administrativa del Reino Unido, quedaban cuarenta militares, treinta de los cuales eran conscriptos. Ninguno de ellos sabía que a casi tres mil kilómetros de allí, en la Casa Rosada, los titulares del gobierno militar, Leopoldo Galtieri, Jorge Anaya y Basilio Lami Dozo, mantenían una reunión luego de los incidentes y concluían que no había posibilidad alguna de brindar “apoyo efectivo” a los hombres de las Georgias y que por tanto deberían lidiar solos con la reacción británica.

En la isla tenían un tema más acuciante que el inevitable contrataque. La Armada les había dejado raciones de combate para apenas dos días y se habían quedado completamente aislados, sin fecha ni transporte para el regreso. Por suerte, los científicos británicos tenían casi intactas las provisiones para el invierno. La comida no solo era abundante, sino también sofisticada, a un nivel que los argentinos no estaban acostumbrados. Champagnes antiguos, scotch abundante, ciervo en conserva y muchas tabletas de chocolate inglés; además de fiambres, salsas e ingredientes que ni conocían.

Resuelta la subsistencia, Luna y sus hombres salieron a reconocer el terreno y muy pronto advirtieron que estaban atrapados. No había dónde replegarse. Las laderas que rodeaban la instalación británica se ponían empinadas e inaccesibles a los pocos metros y la costa enfrentada tenía un acceso muy complicado a través de una instalación ballenera abandonada.

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Los “Alfa”, un grupo de elite dirigido por el teniente Alfredo Astiz, quien posa frente al comando de buzos tácticos el 2 de abril. En el medio, Astiz rodeado por oficiales y chatarreros

Se acomodaron lo mejor que pudieron en los edificios del BAS, minaron la playa y montaron tres defensas que llamaron “Hospital”, “Central” y “Represa” por cercanía y ubicación. Luna dispuso guardias y un toque de queda estricto desde que se apagaba el generador hasta el amanecer.

Paradójicamente, la vida se empezó a poner mejor que en el cuartel, al menos para los colimbas. Trabajan en las defensas y demás tareas hasta el mediodía y después tenían la tarde libre. Las cenas eran reconfortantes y amenas. Luna no era estricto.

En la calma tensa de la espera, los días fueron pasando. A una teletipo que tenían instalada los británicos llegaban todos los días los cables de las agencias internacionales. Así fueron teniendo un registro bastante fino de cómo escalaba el conflicto diplomático y también de los preparativos de la Royal Navy para ir por ellos.

Pero las primeras visitas fueron de amigos. El 11 de abril, seis comandos de Astiz, que estaban con los obreros a unos veinte kilómetros de Grytviken, se habían animado en dos gomones. Tuvieron suerte con el clima y pudieron llegar sin contratiempos pero para poder volver a Puerto Leith tuvieron que esperar dos días. El mar y el viento estuvieron imposibles.

Islas Georgias
Imagen de los chatarreros en el muelle de Leith organizando la descarga de las máquinas. Habían ido por un negocio millonario y terminaron detonando en la Guerra de Malvinas

La segunda visita que recibió Luna y sus hombres también eran amigos, aunque acompañados. El submarino Santa Fe, con cerca de cien hombres entre tripulantes e infantes de marina, partió de Mar del Plata rumbo a las Georgias el 16 de abril, por gestiones de Trombetta, para reforzar la posición argentina.

El viejo submarino estaba a poco de ser pasado a retiro pero lo activaron para este último servicio y el 24 de abril a la madrugada, en un mar inusualmente calmo, llegaron a las Georgias burlando el cerco británico que ya se estaba estrechando sobre los argentinos.

Ya de salida, el submarino fue detectado por helicópteros británicos que le tiraron con todo lo que tenían y no lo hundieron por muy poco. A todo motor, huyendo de los torpedo, las cargas de profundidad y las balas, el Santa Fe volvió a Grytviken.

La suerte de la posición argentina parecía echada. La flota real había concentrado en las Georgias dos fragatas, dos destructores, un buque de respaldo, un transporte polar y un submarino para desarrollar la operación “Paraquat”, en referencia a un herbicida muy popular en el Reino Unido.

Desembarco en las Georgias
La vista de los tanques que habían servido para almacenar aceite de ballena en Puerto Leith y que el grupo de obreros iban a desguazar. Se creía que en máquinas y tonelaje había treinta millones de dólares

Los buques y el sumergible habían llegado con doscientos cincuenta hombres del Servicio Aéreo Especial (SAS), el grupo de paracaidistas que inventó el concepto “comando” en la Segunda Guerra; del Servicio de Botes Especial (SBS), y una sección del Cuerpo de Marines Reales que venía de practicar en Noruega operaciones en terreno frío y montañoso.

El 25 de abril los británicos empezaron a intimar a la rendición, desplegando los hombres en derredor de la posición argentina y alistando los barcos para bombardearlos.

A las 10 de la mañana comenzó el cañoneo naval sobre los alrededores de los argentinos. Eran salvas cortas y rítmicas que pegaban en el agua, en la playa y en la ladera del cerro. Mientras caían los proyectiles de cuatro milímetros y medio, los argentinos contaron no menos de veinte transportes de helicópteros dejando comandos en la costa.

Antes de que terminaran de caer las últimas bombas, habían decidido rendirse. Al día siguiente, Astiz también se entregó sin usar las armas. La presencia militar de los argentinos en las Georgias había durado un mes.

La flota británica radió entonces a Londres: “Tengo el agrado de informar a su Majestad que la enseña blanca (bandera de guerra británica) flamea junto a la Union Jack (bandera del Reino Unido) en Grytviken, Georgia del Sur. Dios salve a la reina”.

* El autor es periodista y escritor. Su último trabajo es “Desembarco en las Georgias, la verdad sobre el misterioso incidente que desató la guerra” de Editorial Paidós.

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