Sociedad

La noche que vi en vivo a Jerry Lee Lewis, el último exponente de la generación que creó el rock

Foto de archivo de Jerry Lee Lewis actuando en Los Angeles  Sept 28, 2010.  REUTERS/Fred Prouser
Foto de archivo de Jerry Lee Lewis actuando en Los Angeles Sept 28, 2010. REUTERS/Fred Prouser (FRED PROUSER/)

Falleció de muerte natural Jerry Lee Lewis, el último grande de lo que dio en llamarse “the class ‘55″, con Elvis Presley, Carl Perkins y Johnny Cash, todos salidos de los estudios “Sun” de Memphis, Tenesse, gracias al genio de su dueño Sam Phillips. Había nacido en Lousiana en 1935, el mismo año que Elvis. Hace pocas semanas atrás la industria de Nashville lo premió con un gran reconocimiento al introducirlo al “Country Music Hall Of Fame” que visité infinidad de veces. Conocido como “The Killer” no murió un día cualquiera. Hace ocho años atrás lanzaba su “Rock and Roll Time” acompañado por lo más selecto del ritmo que atraviesa el planeta desde hace 70 años. También un 28 de octubre (de 1966) los ingleses The Kinks presentaban su “Face to Face” y Ozzy Osbourne (de 1991) se lucía con “No more tears”.

Pude verlo en persona hace muchos años. Fue una noche fría de comienzos de febrero de 1987 en Nueva York cuando las luces del desaparecido “Lone Star Café”, de la Quinta Avenida y la calle 13, comenzaron a palidecer. El maestro de ceremonias, mientras se oian las primeras estrofas del viejo “Rollin’ in my sweet baby’s arms”, sólo se limitó a anunciar sobriamente: “Señores, con nosotros Jerry Lee Lewis, The Killer” (El asesino). El reloj anunciaba a los presentes que era la 1, 08 de la madrugada. Su histórico guitarrista Kenny Lovelace, el grupo y dos jóvenes del coro lo esperaban en el escenario. El público lo recibió con gran algarabía, desde un palco lo miré y aplaudi de igual manera con que lo recibí a Carl Perkins en el mismo lugar, en julio de 1981. Jerry apareció con paso cansino, enfundado en una campera “cowboy” con flecos, unos bien planchados jeans, camisa granate y botas de charol. Se sento frente al teclado y sin demasiado esfuerzo comenzo a tocar y cantar el viejo tema que, allí por septiembre de 1971, supo hacer famoso el ídolo country Buck Owens y más tarde Delaney and Bonni (con la ayudita de Eric Clapton, George Harrison y Bobby Keys). “The Killer” lucía más flaco de lo que lo mostraban los libros de la historia del rock, pero la fuerza de sus 52 años (de ese momento) se conservaba intacta. Después, empezó a golpear al teclado con ganas y gran confianza.

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El denominado cuarteto de “un millón de dólares”. Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Elvis Presley y Johnny Cash en los estudios “Sun Records” de Memphis, Tennesee (Photo by GAB Archive/Redferns) (GAB Archive/)

Miraba de reojo a su audiencia con actitud desafiante. La misma con la que supo enfrentar a la maquinaria discográfica y a la sociedad conservadora gobernada por Dwigth Eisenhower en los ‘50, cuando decidió convivir con su prima de 13 años, hecho éste que le robó el reconocimiento universal. Al final de cuentas al “killer” nada le podía estar prohibido. En ese instante lo preparaban para suceder a Elvis que estaba en la “colimba” en Alemania pero todo se derrumbó. Jerry hacía lo que le daba ganas con su piano. Lo maltrataba con sus manos y muy de vez en cuando tocaba el teclado con el taco de su bota derecha. En un momento, en un rapto actoral, se arrancó su chaqueta “Brad Wildney” –de uno de los mejores sastres de Nashville—y atacó con “Rockin’ my life away”, con su acostumbrado estilo, uniendo las frases sin descanso hasta caer casi en la asfixia, y nombrándose en cada oportunidad. Los agudos del “Yamaha” parecían pedir perdón, mientras que con su izquierda acompasaba las estrofas con los graves que le daban el ritmo al grupo. Su pulgar derecho no tenía secretos, recorría el teclado de punta a punta, y si por las dudas hacía falta algo más le pegó al teclado con el pie derecho y cuando éste tampoco lo ayudó mucho, cerró su “Johnny B. Goode” con el trasero… era el Jerry Lee Lewis de siempre.

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Bajé de mi palco exclusivo para tomarle unas fotos con mi “zoom” mientras el público del “Lone Star” deliraba y pedía más. Uno se acercó y le ofreció generosamente una “Budweiser”. Lo tenía tan cerca que cuando terminó su show me llevé la botella de recuerdo (se me rompió años más tarde durante una mudanza en Panamá). Hablaba poco con los asistentes, apenas en algunas oportunidades se inclinó sobre uno que otro que se le acercaba para sugerirle una canción. En un momento, me atreví a pedirle, en homenaje a tantos kilómetros recorridos para llegar a él, que cantara “Sexteen Candles”. Comprendio mi ruego, se calzó sus anteojos negros, y la cantó.

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Jerry Lee Lewis, “The Killer”, en plena actuación en el Cafe de Paris in New York City on June 10, 1958 (Bettmann/)

En el cenit de su actuación, entonó y cantó lo que se le dio la gana, mientras se miraba con Lovelace y sonreían. Mientras, desde los balcones del “Lone Star” unas chicas le tiraron petalos de rosas. Todo estaba saliendo bien. Nos deleitó con “Sweet Georgia Brown” y “Trebol de 4 hojas” para los más veteranos; “Chantilly lace” y “Over the rainbow” para los un poco más jóvenes. Jerry Lee con su música te transportaba en su “mistery train” a otros momentos. De la misma manera que el recordado Sleepy Le Beef, cuando en mayo de 1982, nos hizo olvidar por unos instantes las miserias que deshacian a nuestro país por esos días. En esa ocasión me acompañaban Oscar Cardoso, Roberto Maidana y “Nacho” López.

Como no podía ser de otra manera, la noche con Jerry culminó con su recordado y vigente “Whole lot of shakin’ goin’ on”. Eran cerca de las tres de la madrugada y mi última noche en Nueva York no debía acabar. El Greenwich Village apenas estaba a unos pasos y a esa hora todavía podía escucharse a “Barbecue Bob and The Sparreribs” entonar “Walking the dog” en el bar “Kenny’s Castaways”, mientras se comía “spaghetti” u otro se contorneaba al lado de la jukebox con “La vi parada ahí” de los Fab Four.

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